jueves, 27 de febrero de 2014

Sumido en un acto de suma extrañeza nombrado “extrañar”; una vez más, me encuentro sin hallarme, aquí, sin ella, como se ha vuelto costumbre. Es cierto que deberé acostumbrarme, —sin ánimos de ello, claro está— porque en conclusión, es lo único que queda por hacer. Ahora, extrañar a un ser que se encuentra las 24 horas conmigo resulta confuso, ¿verdad?, y no sólo 24 horas, también 1.440 minutos y 86.400 segundos por día, es decir, 43.200 minutos y 2.592.000 de segundos por un mes de 30 días, para un equivalente de: toda la vida. Supongo y creo fielmente en que usted esté preguntándose, «¿Cómo puede ser posible?», Lo es, créame, puede ser posible y no es cosa fácil, el porqué, procederé a enseñárselo a continuación:
El hecho de que usted se encuentre con una persona a cada momento, —redundo, redundo y vuelvo a redundar— puede ser letal, aún más; cuando aquélla persona está únicamente en su pensamiento, en el término metafísico denominado “espíritu” y no dándole un simple beso, tomando sus manos o sus cabellos para juguetear con éstos un buen rato, mientras usted, queda a la deriva entre su felicidad y el amor; el anterior, tan buscado pero tan poco encontrado. Todo toma sentido, ¿no es así?, está conmigo, sí, eso no lo negaría ni un solo segundo, pero debo aceptar también que recobraría gran parte de mí al estar una décima más de segundo entre sus labios, porque es una verdadera pesadilla no estar en ellos cada que deseo. Desear… desear, ¿desear? Cómo no desear, cómo no desearla si me adentro en su esencia, cuerpo, alma y allí me pierdo; únicamente ella podrá retirarme de ahí, es íntimo, muy íntimo para consignarlo sobre un escrito común, es intimidad con nombre de su cuerpo. 
Nada cambiará, espero que aún en la melancolía de extrañar, siga estando conmigo; porque sin más preámbulos, le amo y eso es suficiente... al menos para mí.
—Camilo Vargas Torres.



                                                              

miércoles, 30 de octubre de 2013

Poderoso eres, pero
una arenilla,
una pata de una mosca, 
un miligramo de un polvo
entró en tu ojo derecho
y el mundo se hizo negro y borroso.

¡Cuida el ojo!

El ojo, globo de maravilla,
pequeño pulpo
de nuestro abismo
que extrae
la luz de las tinieblas, 
perla elaboradora, 
maquinita rápida 
como nada o como nadie, 
fotógrafo vertiginoso,
pintor francés, 
revelador de asombro. 

Ojo, 
diste nombre
a la luz de la esmeralda,
controlas las leyes de la aurora, 
mides, 
adviertes el peligro,
te encuentras con el rayo de otros ojos
y arde en el corazón la llamarada. 

Como un milenario molusco, 
te sobrecoges al ataque del ácido,
leer nóminas y novelas,
abarcas olas, ríos, geografías, 
exploras, 
reconoces tu bandera en el remoto mar,
entre los barcos
guardas al náufrago 
el retrato más azul del cielo,
y de noche 
tu pequeña ventana que se cierra
se abre por otro lado
como el túnel 
a la indecisa patria de los sueños.

Entonces 
dejaste penetrar bajo mis párpados 
un átomo de polvo.
Se me nubló la vista, 
vi el mundo ennegrecido. 

El ocultista detrás de una escafandra 
me dirigió su rayo 
y me dejó caer 
como una ostra
una gota de infierno. 

Más tarde,
reflexivo, 
recobrando la vista
y admirando los pardos,
espaciosos ojos de la que adoro,
borré mi gratitud 
con esta oda 
que tus desconocidos ojos leen. 
- Pablo Neruda.


jueves, 24 de octubre de 2013





Cuando la luna quiso descansar un poco, fue un problema encontrar quien tome su lugar, sin ella las noches serían oscuras y tristes, pensó en pedirle al sol, le pidió que tome su turno una vez al mes y ella tomaría el suyo también, pero el sol le dijo que su luz era muy brillante para la noche y la de ella muy débil para el día. La luna le dio la razón y siguió buscando.
Pensó en pedírselo al halcón, pero le dijo que ella pasaba muy lento por el cielo y el no podía seguirle el paso, además que él no es blanco.
Se lo pidió entonces a la gaviota, ella parece flotar en la brisa marina y es blanca, pero la gaviota le dijo que no era un ave nocturna.
Le pregunto a las nubes, pero ellas le dijeron que en la noche no son blancas.
Siguió buscando por todos lados pero todos le ponían una excusa. Para no hacerlo
La luna estaba muy triste, ¡ella quería un descanso!
Cuando la Luna se iba a poner a llorar, las estrellas se acercaron y hablaron con ella...
“Querida Luna, si pusieses atención y escucharas nuestro consejo, tu podrías descansar un día al mes como quieres, y es tan fácil que lo logres.
Cada noche desaparece un poquito, pero solo un poquito, hasta que una noche seas solo un rayo de pálida luz y desaparezcas la siguiente noche, así podrás descansar esa noche y nosotras brillaremos mas intensamente para que nadie te extrañe en la tierra. La luna se puso muy contenta y siguió en consejo de las estrellas.
Desde entonces, cada noche la luna desaparece un poco y cuando no la vemos, las estrellas brillan más intensamente y no la extrañamos por esa noche.
Camilo Torres.





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