Sumido en un acto de suma extrañeza nombrado
“extrañar”; una vez más, me encuentro sin hallarme, aquí, sin ella, como se ha
vuelto costumbre. Es cierto que deberé acostumbrarme, —sin ánimos de ello,
claro está— porque en conclusión, es lo único que queda por hacer. Ahora,
extrañar a un ser que se encuentra las 24 horas conmigo resulta confuso,
¿verdad?, y no sólo 24 horas, también 1.440 minutos y 86.400 segundos por día,
es decir, 43.200 minutos y 2.592.000 de segundos por un mes de 30 días, para un
equivalente de: toda la vida. Supongo y creo fielmente en que usted esté
preguntándose, «¿Cómo puede ser posible?», Lo es, créame, puede ser posible y
no es cosa fácil, el porqué, procederé a enseñárselo a continuación:
El hecho de que usted se encuentre con una persona
a cada momento, —redundo, redundo y vuelvo a redundar— puede ser letal, aún
más; cuando aquélla persona está únicamente en su pensamiento, en el término
metafísico denominado “espíritu” y no dándole un simple beso, tomando sus manos
o sus cabellos para juguetear con éstos un buen rato, mientras usted, queda a
la deriva entre su felicidad y el amor; el anterior, tan buscado pero tan poco
encontrado. Todo toma sentido, ¿no es así?, está conmigo, sí, eso no lo negaría
ni un solo segundo, pero debo aceptar también que recobraría gran parte de mí
al estar una décima más de segundo entre sus labios, porque es una verdadera
pesadilla no estar en ellos cada que deseo. Desear… desear, ¿desear? Cómo no
desear, cómo no desearla si me adentro en su esencia, cuerpo, alma y allí me
pierdo; únicamente ella podrá retirarme de ahí, es íntimo, muy íntimo para
consignarlo sobre un escrito común, es intimidad con nombre de su cuerpo.
Nada cambiará, espero que aún en la melancolía de
extrañar, siga estando conmigo; porque sin más preámbulos, le amo y eso es
suficiente... al menos para mí.
—Camilo Vargas Torres.
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